En Barrena por L. Ronald Hubbard (Part 1/4)

     Poco antes de embarcarse en la Expedición Cinematográfica al Caribe, y casi inmediatamente después de su regreso de Asia, el joven de veinte años, L. Ronald Hubbard, convocó un decisivo encuentro con el Club de Planeadores de la Universidad George Washington. En un principio, respondieron menos de una docena de almas fervientes, y aún fueron menos quienes se presentaron en Congressional Field para recibir lecciones en un planeador intermedio Franklin PS2. Así nacieron Los Buzzards (Buitres) de la Universidad George Washington, y Ronald se lanzó a los cielos.

          Se trataba de volar como se supone que el hombre debe volar, “en forma precaria y con mucha suerte y poca destreza”, como lo expresaban los hombres de ingenio de esa época. Los instrumentos eran rudimentarios: a lo sumo, un altímetro; y los planeadores se remolcaban atándolos al parachoques de un auto o se lanzaban de un precipicio por medio de gruesas cuerdas. Tampoco olvidemos además que, en gran medida, eran días de experimentación: Lindbergh había cruzado el Atlántico hacía sólo cuatro años, y la mayoría de los objetos voladores estaban todavía recubiertos de barniz y tela asegurada con alambres de piano. Sin embargo, impulsado por la proliferación de clubes en Alemania (donde el tratado de Versalles prohibía los aviones de motor), el planeador había despertado mucho entusiasmo entre los americanos a principios de los años 30. Más de una universidad había organizado clubes, y muchos departamentos de ingeniería ofrecían nuevos diseños. Por ejemplo, el planeador Franklin PS2, con cabina cerrada (a diferencia de la cabina abierta de los primeros modelos), y apto tanto para el entrenamiento como para vuelos sin motor, surgió de un tablero de dibujo en una universidad. Además, no sólo era un deporte para aficionados, ya que gente como Charles “El Afortunando” Lindbergh y Frank “Mr. Pilot” Hawks, no consideraban que el volar en una nave sin motor les restara categoría.

          El primer ascenso de Ronald fue característico. El 6 de mayo de 1931, bajo el tutelaje de instructores locales, como Glenn Elliot y Don Hamilton, sujetó el morro del Franklin a un Ford Modelo T, y en ese momento, como él nos cuenta: “El auto arranca; la cuerda se tensa; hay una nube de polvo donde la punta del ala se entierra en el suelo”. Después le siguieron dieciséis vuelos a una altitud de veinticinco pies; después, otros diez vuelos a más de cien pies y once giros lentos a noventa grados; todo mientras él se preguntaba: “¿Qué tipo de fascinación ejerce el planeador que hace que el hombre coma, duerma, hable y vuele hasta llegar al borde de un colapso?”. Para finalmente obtener su licencia americana No 385 de vuelo sin motor, fueron necesarios otros quince días de instrucción formal y un examen verdaderamente riguroso del Departamento de Comercio. Pero de cualquier manera, a partir de entonces se le vio en los aires con regularidad, “sin otro sonido que el murmullo del viento en los montantes y tal vez el continuo golpeteo de la correa del casco azotando el borde de ataque al revolverse bajo el efecto del viento”.

          Pero no nos engañemos: era peligroso. Para 1931, más o menos trecientas almas se habían precipitado hacia la muerte en planeadores, mientras que uno de los primeros intentos de lanzar un planeador en la Universidad George Washington había enviado a un joven al hospital. No fue sin razón que Ronald presentara su artículo “En Barrena”. Como información incidental, agreguemos que el relato de Ronald de su primer contacto con la muerte en los cielos, aparece en la biblia del aviador conocida como The Sportsman Pilot, en la cual publicó artículos con regularidad como corresponsal de renombre a nivel nacional. De dichas aventuras también brotó la materia prima de las obras de ficción que más tarde aparecerían en publicaciones como Argosy y Five Novels Monthly. Finalmente, Phil “Flip” Browning, a quien ya mencionamos en relación a la Expedición Cinematográfica al Caribe y de quien se hablará más en el siguiente artículo, fundó el Club de Planeadores de Port Huron, Michigán.

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