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noche estuve en el Club de Exploradores”, escribiría L. Ronald Hubbard desde su residencia neoyorkina, el 13 de diciembre de 1939. “Wilkens y Stefansson junto con Archbold y una lista interminable estaban ahí y me hicieron sentir prácticamente como en casa’’. De hecho, pronto habría de ser honrado con la categoría de miembro de pleno derecho (efectiva desde febrero de 1940), y así con una larga asociación con aquellos que “tenían que ser grandes o caer ante lo desconocido”. Pero primero permítasenos añadir unos cuantos detalles pertinentes:

     Wilkens era, por supuesto, Sir George Hubert Wilkens, el primero en sobrevolar la Antártida y el segundo de mando de la Expedición Imperial Británica de la Antártida de Ernest Shackleton. Stefansson era, como era de esperar, Wilhjalmur Stefansson de reconocida fama en el norte de Canadá y el Círculo Ártico, mientras que Archbold era el Richard Archbold de la exploración de Nueva Guinea. Entre otras calificaciones citadas para ser admitido (y los requisitos para ser un miembro plenamente reconocido del Club de Exploradores son, en verdad, duros), estaban las antes mencionadas adiciones de L. Ronald Hubbard a los manuales de navegación costera de las Indias Occidentales a partir de su Expedición Cinematográfica al Caribe, su dirección de la primera inspección mineralógica completa de Puerto Rico, bajo el dominio de Estados Unidos, y la clausura de aproximadamente treinta pistas de aterrizaje peligrosas gracias a su informe al Departamento de Comercio. Finalmente, comprendamos que el Club de Exploradores había sido fundado en 1904, luego estuvo situado en la Calle Setenta y Dos (en la actualidad, Calle Setenta) en la ciudad de Nueva York y evocaba precisamente lo que se esperaría del ámbito de la exploración mayor, lo que incluía osos polares disecados en los rellanos de las escaleras, pieles de leopardo extendidas frente al hogar, y un par de colmillos de elefante para adornar la chimenea. El club también ostentaba (y todavía conserva) una sorprendente biblioteca de diarios y mapas de expediciones elaborados por quienes dieron forma a esos mapas. Además, como la nota de Ronald implica, se podían encontrar regularmente personas como Wilkens y Stefansson intercambiando historias de aventuras polares (o periódicamente sentados en la sala de banquetes para cenar tajadas de bistec de falda de un mamut que había estado congelado mucho tiempo).

     Más a propósito, sin embargo, en particular en lo que respecta a la historia de Ronald, se encuentra la famosa bandera del Club de Exploradores. Otorgada a los miembros activos al mando de expediciones o que participaron en expediciones de auténtico interés científico, la bandera del Club de Exploradores representa una aprobación oficial para las empresas de exploración. Tiene una historia de coraje y audacia desde el descenso de Roy Chapman Andrew al desierto del Gobi hasta el ascenso de Edmund Hillary a la cima del Everest, desde las profundidades del océano hasta la superficie de la luna. (Neil Armstrong puso, literalmente, la bandera en la superficie lunar.) Además de lo que se ha dicho, los hombres han sufrido bajo ella, han muerto bajo ella, y a los que se les ha confiado, se les ha implorado con sinceridad “siempre tener en mente que esta bandera ha sido usada en el pasado por muchas personas famosas que pertenecieron al Club de Exploradores, y llevarla es un símbolo de honor”.

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