EPÍLOGO

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 L a aventura es mi estandarte”, declaraba L. Ronald Hubbard hace mucho tiempo, y procedió a grabar profundamente esa frase a lo largo de muchas tierras lejanas, mares distantes y cielos sin límite. Además, lo grababa con fuerza por el más oscuro de todos los reinos, aquella Terra Incognita dentro de nosotros, y así vino a encarnar todo lo que imaginamos cuando oímos las palabras: “Los hombres tenían que ser grandes o caer ante lo desconocido”.

     Aún se le recuerda en aquellas tierras remotas: un modelo de su barco se exhibe en un museo marítimo portugués; sus fotografías cuelgan en muros caribeños; el aniversario de su aterrizaje en un maizal en Gratis, Ohio, se celebra el 13 de septiembre como el día de L. Ronald Hubbard. Por supuesto que también se le recuerda en las Calle 70 Este, donde dice: “L. Ronald Hubbard encarnó al espíritu aventurero e intrépido del Club de Exploradores...”

     Pero, por temor a que nos perdamos la lección mayor de estas páginas, concluyamos con lo que Ronald mismo nos haría llevar en mente. Sí, hay mucho por decir a favor de la tentación de horizontes extraños y tierras remotas; pero tampoco olvidemos que “La aventura, como bien sé, está en el corazón, no en la vista”.


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